23 de junio de 2007

Alimentación.

Esto ya no tiene mucho que ver con el viaje, sino con unas reflexiones que debo hacer respecto a la cocina de mi familia, es decir, cocina mexicana. Se supone que la gula, esa actividad que dicen que engendra pecado en la religión católica, consiste en comer y beber más de lo que el cuerpo puede procesar, lo que es una cantidad ambigua porque el gasto energético varía incluso en la rutina y se procesa más si se respira mejor y no es lo mismo hartarse de pancita de res y caldo que hartarse con pozole. En fin, hasta las personas delgadas se aflojan el cinturón como señal de una buena comida. La costumbre mexicana, entonces, dista mucho del querer diferenciar los sabores como un chef profesional de esos que salen en la tele poniendo yemas de huevo adentro de un pan salado junto con cositas exóticas como moco de cerdo, hojitas de laurel y una pizca de pasta de dientes para darle textura y frescura. Sólo hay algunas cosas que sabe diferenciar un mexicano promedio y son las cosas que se ven a primera vista y las especias más usuales, como crema, queso, orégano, vinagre, canela, fanta y, obviamente, el chile. Sí, estoy poniendo muy en alto la figura del mexicano promedio, así que debo redondear el término a decir: cualquier mexicano que sabe cocinar, pues el mexicano promedio solamente come hasta hartarse o, en su defecto, hasta terminar todo lo que hay en el plato, sin hacer miras hacia la innovación o la imitación de un platillo. Nuestra cocina se caracteriza por la gula, es decir, el chiste de ponerse a comer es llenar el estómago sin reparar en el paladar y otras cosas; la creatividad occidental de los platillos en cuanto a presentación y combinación de sabores nos vale un reverendo chile, por lo menos a los que fuimos criados con comida mexicana y experimentos fallidos de la cocina extranjera. Lo mexicano está diseñado para hacernos gordos llenitos, aguantadores y corriosos; gorditos que pueden inspirar respeto. La comida extranjera, como las hamburguesas, los hot dogs y otras margaritas, también nos hacen gordos, pero de esos que piden ser golpeados. Pues si seguimos con eso de que los mexicanos somos glotones cuando los médicos no nos han detectado cosas como hipertensión, diabetes y otras fallitas, todos éstos son pecadores de gula por el simple hecho de que no sabemos de cantidades y estamos condenados a andar sufriendo como flacos en el lugar de los muertos. Por eso, como dijo algún estudioso mexicano de la vida: "a ser glotones sin preocuparnos de la línea, que en la otra vida ya seremos flacos". Qué bonito pensar en la otra vida como un lugar donde lo que vamos a sufrir es para corregirnos, como un spa de los que nunca he visitado. Con razon hay tanto católico...

1 comentario:

  1. Pues lo que soy yo, en mi otra vida (como mexicano expatriado en Canadá) ya perdí 20 kilos. Y todavía no los encuentro a los cabrones...

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